Cada noche intento no repetir el mismo trayecto cuando
vuelvo a casa. Perdón, a casa no, al sitio donde vivo ahora.
Cada noche las calles que cruzo suelen estar casi vacías, y
empieza mi momento más solitario del día. Un momento que atesoro y disfruto
como pocos. Recorro a conciencia cada calle, intentando no pisar las mismas
baldosas que pisé la noche anterior, ni la misma acera, y muchas veces tampoco
las mismas calles, que cada vez me resultan menos extrañas.
Pero sí hay un punto en mi camino por el que intento pasar
siempre. Y es la esquina donde un solitario músico cada día regala, a unos
cuantos bloques a la redonda, el sonido de su saxofón.
Me voy guiando por su melodía, como si me indicara por dónde
tirar hasta llegar a él. Un laberinto en el que ya no leo las señales. Y en
cuanto le alcanzo no puedo más que agradecerle aquel momento con el dólar suelto que suelo
llevar encima, para inmediatamente después sentirme miserable. Aquello
vale mucho más, me está regalando su música y un valioso recuerdo.
A partir de entonces, cuando le dejo atrás, el camino ya sí es
cada día el mismo. Una calle recta, ligeramente empinada. Me alejo de él, mientras
aquellas notas poco a poco se van desvaneciendo. Y me pongo los auriculares. ¿Qué
toca escuchar hoy hasta llegar a casa? ¡A casa no! Al sitio donde vivo ahora…
Meto la llave en la cerradura, y ya hace semanas que nadie
me recibe. Y es cuando me doy cuenta de que estoy llevando una vida algo
solitaria últimamente, pero que sé apreciar. Como si siempre hubiera habido
alguna parte de mí pidiéndome un poco de mí mismo para mí mismo, y al fin se lo
estuviera concediendo.
Y otra vez me pongo música. Mis canciones favoritas, para
que el silencio no me distraiga.
Me gusta estar triste por la distancia. Triste por echar de menos
a mi familia, a mis amigos, mi tierra, mi Elvis que tan mayor está y al que
espero poder volver a ver, a mi ciudad, a mi mar y a mi costa… Y la nostalgia me
acorrala, me asedia, y no sólo con recuerdos recientes, también con los de muchos
años atrás. Pero me gusta, disfruto. Me da algo con lo que reconocerme, y significa
que estoy viviendo esta experiencia, que estoy vivo. Éstas son sensaciones que alimentan
el alma.
Lo siento en los huesos y en la piel, lo aprovecho, e intento
que me sirva para sacar lo mejor de mí. Creo que este será el inicio de una
bonita amistad…
Es fácil que me sienta identificado al haber vivido algo tan parecido y en la misma ciudad, pero no por ello deja de tener mérito que consigas hacerme sentir aquello de nuevo con tanta fuerza.
ReplyDeleteEstoy completamente de acuerdo con tus reflexiones y con el optimismo que extraes de ellas. Lo mejor de la nostalgia es sentirla cuando estás bien, como tú ahora, en una gran ciudad y viviendo una gran experiencia, significa que lo que has dejado (temporalmente) atrás vale MUCHO la pena.
Y aunque resulte algo triste, es cierto eso de que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde. Y esa es otra de las cosas que ganarás con esta experiencia, el valorar aún más todo lo que tienes en tu casa.
Seguro que además irás ganando muchas más. Esperamos noticias.
Un abrazo desde tu Barcelona!
No todo el mundo tiene la capacidad de sentir de una manera tan nítida lo que esta viviendo. Si además, tiene el don para poder expresarlo, escribirlo y transmitirlo a los demás con emoción, entonces goza de un auténtico privilegio. No dejes de practicarlo.
ReplyDeleteUn abrazo muy fuerte.
L Casadevall (senior)